O lo que es lo mismo, Alberto López Aroca y su seguro servidor, con LA ARMADURA PRÓDIGA y LA SAGA DE LA CIUDAD OSCURA-III, el 26 de junio en la Librería Estudio en Escarlata, a las 19.30. Allí acudiremos prestos y (probablemente) sudorosos para departir de nuestros libros, personajes, historias y lo que haga falta. Es de suponer que también iremos a algún bar, pero sólo con ánimo literario.
Para más información sobre estas magnas obras de la literatura pulp hispana, les remito al bloj del señor López Aroca, o a este mismo para que trasteen por los diversos enlaces que hay. Merece la pena conocer de qué va la Armadura Pródiga (si hasta pueden leer cómo empieza!) y qué es el Albertoverso, y de mí no les voy a contar nada que ustedes nos sepan o puedan vislumbrar en la última entrada del ínclito Alberto.
PD: El gráfico anterior les ayudará a identificarnos cuando andemos por la capital del reino.
La mayoría de la gente no admite que algo puede pasar sino hasta después de que ha pasado. Eso no es estupidez ni debilidad, es sólo la naturaleza humana. No culpo a nadie por no creer. Y no me considero mejor ni más listo que ellos. Supongo que todo se reduce a un simple accidente de nacimiento. Sucede que yo nací dentro de una sociedad que vive con un constante temor a extinguirse. Es parte de nuestra naturaleza, parte de nuestro estado mental, y hemos aprendido a través de muchos errores y ensayos a estar siempre en guardia.
El primer aviso que tuve de La Peste fue a través de nuestros amigos y clientes en Taiwán. Llamaron a quejarse de nuestro nuevo software de decodificación de mensajes. Aparentemente había presentado fallas al descifrar unos e-mails de sus fuentes en la República Popular, o al menos los había descifrado tan mal, que el mensaje resultaba incomprensible. Sospeché que el problema no debía estar en el software, sino en los mensajes como tal. Los rojos del continente… supongo que ya no los llamaban rojos… ¿pero qué espera de un viejo como yo? Los rojos tenían la mala costumbre de usar muchos tipos diferentes de computadores, de distintos países y generaciones.
Antes de sugerirle esa solución a Taipei, pensé que sería una buena idea revisar yo mismo los mensajes. Me sorprendió ver que los caracteres estaban claramente decodificados. Pero el texto… tenía que ver con algún tipo de virus que primero eliminaba a la víctima, y luego reanimaba el cadáver como algún tipo de animal furioso y homicida. Por supuesto, no creí que eso fuese literal, especialmente porque unas pocas semanas después, estalló una crisis en el área de Taiwán y todos los mensajes sobre cadáveres reanimados dejaron de llegar. Sospeché que había una segunda capa de encriptación, un código dentro de otro código. Era un procedimiento normal, que se remontaba incluso a los primeros días de la comunicación humana. Por supuesto que los rojos no podían estar hablando de cadáveres reales. Tenía que ser algún sistema nuevo de armas, o un plan de guerra ultra secreto. Dejé el asunto ahí, y traté de olvidarme de él. Sin embargo, como uno de sus grandes héroes nacionales solía decir: “Mi sentido arácnido me alertaba.” (...)
La CBS no emitió en toda la noche. La NBC tenía una programación regular, pero la imagen de la filial de ABC se difuminaba a cada momento, y a veces se borraba por completo para después reaparecer de súbito. El canal de la ABC sólo pasaba viejos programas grabados, como si el nexo con la red se hubiera cortado. No importaba. Lo que Nick esperaba era el noticiario. Cuando empezó, se quedó perplejo: la noticia del día era la «epidemia de supergripe», como la llamaban ahora, pero los locutores de ambas emisoras dijeron que ya estaba siendo dominada. En el Centro de Control de Epidemias habían elaborado una vacuna, y a comienzos de la semana siguiente los ciudadanos podrían conseguir que su médico se la administrara. Al parecer, los brotes eran graves en Nueva York, San Francisco, Los Ángeles y Londres, pero los estaban conteniendo en todas partes. En algunas zonas, agregó el locutor, se habían cancelado temporalmente las reuniones públicas. En Shoyo, pensó Nick, toda la ciudad había sido cancelada. ¿Quién engañaba a quién? Al final, el locutor dijo que seguían restringidos los viajes a la mayoría de las grandes áreas urbanas, pero la situación se normalizaría apenas se contara con suficiente vacuna. A continuación pasó a ocuparse de un accidente de aviación ocurrido en Michigan y de algunas reacciones en el Congreso ante el dictamen del Tribunal Supremo sobre los derechos de los homosexuales. Nick apagó el televisor y salió al porche. Allí había un columpio y se sentó en él. El movimiento de vaivén resultaba relajante, y no podía oír los chirridos del herrumbre, pues John Baker se había olvidado de engrasarlo. Se quedó mirando las luciérnagas que formaban irregulares festones en la oscuridad. Se percibían relámpagos entre las nubes allá en el horizonte, haciéndolas asemejarse a monstruosas luciérnagas del tamaño de dinosaurios. La noche resultaba pegajosa y agobiante. Como para él la televisión era un medio exclusivamente visual, había notado algo que quizá pasó inadvertido a los demás: no habían proyectado anuncios de películas, ni resultados de béisbol. El informe meteorológico fue vago, sin un mapa que mostrara las variaciones... como si la Oficina Meteorológica de Estados Unidos hubiera cerrado sus puertas. Los dos locutores le habían parecido nerviosos y ofuscados. Uno de ellos tenía un resfriado. Tosió una vez frente al micrófono y pidió disculpas. Y ambos habían mirado nerviosamente a derecha e izquierda de la cámara, como si hubiera alguien más en el estudio, alguien encargado de vigilar que no se extralimitaran.
No me gusta poner vídeos en el bloj, pero no tengo más remedio que calzaros este que es una obra maestra, ya que aúna dos de mis series favoritas de todos los tiempos. A disfrutarlo!
Noticias (que no patatas) traigo, y es que me he montado otro bloj para colgar semanalmente una especie de artículos de opinión, escritos ex profeso para ello. Dos retos a batir: el primero, conseguir mantener la periodicidad semanal durante al menos un año; el segundo, atraer lectores. Así que ya saben, sigan el siguiente enlace -no hay enemigo pequeño- y lean, lean mis paridas. Veremos qué sale de todo esto.
Diferencias térmicas en mis muñecas. El frío de las esposas contra la quemazón que éstas producían en mi piel. Demasiado apretadas a propósito. El policía evitaba mirarme a los ojos desde el otro lado de la mesa. Buscaba las palabras apropiadas para empezar, pero se le resistían. Otro tipo, de uniforme, aguardaba, indiferente, en pie junto a la puerta. Decidí empezar yo y le dije que sí, que lo había hecho. Yo había enviado las cartas. Si habían dado conmigo a pesar de mis precauciones era inútil negarlo. A decir verdad, no creí que llegaran a hacerlo, me había convencido de que era más listo que ellos y había resultado que no. Esto era lo que más me fastidiaba, lo que realmente me había jodido el día. El poli abrió la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla y a centrarse en sus informes. Tocaba confesar, a explicarles cómo lo hacía, cómo sacaba la pólvora de los cartuchos, mi diseño del temporizador -versión propia y mejorada de un modelo que saqué de internet-, mi estratagema con los matasellos... pero callé aunque no tenía sentido hacerlo. Ellos ya debían saberlo todo y yo había perdido, si querían llevar la iniciativa y prolongar lo inevitable estaban en su derecho. El policía pronunció entonces las sílabas de mi apellido de una en una, con una voz sobrecogedora. “No está aquí sólo por lo de las cartas”, dijo a continuación, con un tono extraño, y ahí sí que me dejó helado. Quise bromear, hice un mal chiste sobre multas de tráfico o así, pero no conseguí la inflexión calmada que pretendía. El agente de la puerta modificó un ápice su postura para redistribuir su peso sobre los pies. O quizá se sentía incómodo ante la fotografía que su colega extrajo de entre los papeles y que yo todavía no podía ver. La giró. Era mi mujer. “Se trata de su mujer”, redundó el policía. Un primer plano. Despeinada, sin maquillaje, pálida en las partes de la cara que no estaban amoratadas o cubiertas de sangre, que no eran muchas. Aún podía ver la burla en sus ojos vidriosos. De pronto lo comprendí todo. Estaba allí por haberla matado. No por las cartas. No tenían ni idea del asunto ni aún después de mencionarlo. Sonreí, no pude evitarlo. Al final sí que había sido más listo que ellos.