Por una rápida concatenación de links (viruete --- play it again, sam --- la biblioteca de Vorbarr Sultana) llego hasta un post de éste último donde aparece una fotografía de la biblioteca del británico Neil Gaiman, que no es muy santo de mi devoción (manías que tiene uno, oye), pero que la verdad es que tiene una habitación de esas con las que todos hemos soñado alguna vez -¡tiene sitio hasta para poner unos sofas!-.
Les dejo el enlace con las fotos a gran resolución para que se mueran, como yo, de envidia, y de paso jueguen a descubrir los titulos que este buen hombre tiene en esa peazo de biblioteca para compararlos con los suyos (los tiene ordenaditos por orden alfabético y todo). Yo lo he hecho y he llegado a dos conclusiones:
a) a todos los tontos nos da por lo mismo...
b) La inmensa mayoría de los libros que tiene Neil Gaiman son, a juzgar por las fotos, ediciones en rústica, de las baratas (algunos hasta me apostaría a que son de segunda mano).
Por supuesto, también les recomiendo que se pasen por las webs antes mencionadas por aquello de expandir conocimientos y aumentar la frikisfera.
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La CBS no emitió en toda la noche. La NBC tenía una programación regular, pero la imagen de la filial de ABC se difuminaba a cada momento, y a veces se borraba por completo para después reaparecer de súbito. El canal de la ABC sólo pasaba viejos programas grabados, como si el nexo con la red se hubiera cortado. No importaba. Lo que Nick esperaba era el noticiario.
Cuando empezó, se quedó perplejo: la noticia del día era la «epidemia de supergripe», como la llamaban ahora, pero los locutores de ambas emisoras dijeron que ya estaba siendo dominada. En el Centro de Control de Epidemias habían elaborado una vacuna, y a comienzos de la semana siguiente los ciudadanos podrían conseguir que su médico se la administrara. Al parecer, los brotes eran graves en Nueva York, San Francisco, Los Ángeles y Londres, pero los estaban conteniendo en todas partes. En algunas zonas, agregó el locutor, se habían cancelado temporalmente las reuniones públicas.
En Shoyo, pensó Nick, toda la ciudad había sido cancelada. ¿Quién engañaba a quién?
Al final, el locutor dijo que seguían restringidos los viajes a la mayoría de las grandes áreas urbanas, pero la situación se normalizaría apenas se contara con suficiente vacuna. A continuación pasó a ocuparse de un accidente de aviación ocurrido en Michigan y de algunas reacciones en el Congreso ante el dictamen del Tribunal Supremo sobre los derechos de los homosexuales.
Nick apagó el televisor y salió al porche. Allí había un columpio y se sentó en él. El movimiento de vaivén resultaba relajante, y no podía oír los chirridos del herrumbre, pues John Baker se había olvidado de engrasarlo. Se quedó mirando las luciérnagas que formaban irregulares festones en la oscuridad. Se percibían relámpagos entre las nubes allá en el horizonte, haciéndolas asemejarse a monstruosas luciérnagas del tamaño de dinosaurios. La noche resultaba pegajosa y agobiante.
Como para él la televisión era un medio exclusivamente visual, había notado algo que quizá pasó inadvertido a los demás: no habían proyectado anuncios de películas, ni resultados de béisbol. El informe meteorológico fue vago, sin un mapa que mostrara las variaciones... como si la Oficina Meteorológica de Estados Unidos hubiera cerrado sus puertas.
Los dos locutores le habían parecido nerviosos y ofuscados. Uno de ellos tenía un resfriado. Tosió una vez frente al micrófono y pidió disculpas. Y ambos habían mirado nerviosamente a derecha e izquierda de la cámara, como si hubiera alguien más en el estudio, alguien encargado de vigilar que no se extralimitaran.
(...)

Apocalipsis. Stephen King.
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El primer lunes de abril de 1626, el pueblo de Meung, donde nació el autor de la Romanza de la Rosa, parecía hallarse tan en revolución como si los hugonotes lo hubieran convertido en una segunda Rochela. Muchos aldeanos, viendo huir a sus mujeres a lo largo de la calle Mayor, apresurábanse a endosarse la coraza, y apoyaban su continente en un mosquete o una partesana, dirigiéndose hacia la hostería principal, donde se apiñaba un grupo compacto, impaciente y lleno de curiosidad.
En aquel tiempo los sustos eran frecuentes, y pocos días pasaban sin que uno u otro registraran en sus archivos algún suceso de esta índole. Los señores guerreaban entre sí, el cardenal hacía la guerra al rey y a los señores, los españoles hacíanla a los señores, al cardenal y al rey. Además de estas guerras sordas o francas, secretas o públicas, había los ladrones, los mendigos, los hugonotes, los lobos y los lacayos, que hacían la guerra a todo el mundo. Los pueblos luchaban siempre contra los ladrones, contra los lobos y contra los lacayos; a menudo contra los señores y los hugonotes; algunas veces contra el rey; nunca contra el cardenal y los españoles. De tales costumbres resultó, que el primer lunes del mes de abril de 1626, como los aldeanos oían ruidos y no veían ni la bandera de España ni la librea del duque de Richelieu, se precipitaban del lado de la hostería.
Al llegar allí, todos pudieron comprender la causa del tumulto.
Un joven... -hagamos su retrato de una sola plumada-: imaginaos a don Quijote a los dieciocho años; don Quijote sin coraza, sin casco y sin escudo; don Quijote vestido con un capotillo de lana que había sido azul. Semblante enjuto y moreno: los pómulos salientes, señal de astucia; los músculos maxilares muy desarrollados, indicio infalible para reconocer a un gascón, aun sin birrete, y nuestro joven llevaba uno engalanado con una especie de pluma; los ojos francos e inteligentes, la nariz abultada, pero bien dibujada, demasiado alto para un adolescente y bastante pequeño para un hombre ya hecho, y que cualquiera hubiese tomado por el hijo de un labrador en viaje, a no ser por la larga espada que, sujeta a un tahalí de cuero, golpeaba las pantorrilas de su dueño cuando estaba de pie, y el pelo de su montura cuando iba a caballo.

A. Dumas. Los Tres Mosqueteros. "Cap. I. Tres regalos de M. D'Artagnan, padre". Editorial Ramón Sopena. Barcelona, 1964. (pag.11-12)
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(A.C. ASOREY, El Lado Oscuro Vol.2 (pag 183-184), Edic. La Torre, Madrid, 1979)
Parafraseando a Hobbes, podría decirse que el hombre es un misterio para el hombre. En la cultura occidental, a partir de Sócrates y los sofistas, el ser humano se convierte en objeto central de la especulación filosófica. No se ha avanzado demasiado desde entonces en el autoconocimiento; sin embargo, la fantasía -antes, con Sócrates y después de él- ha ido acumulando (a veces, disfrazada de ciencia) diversos estratos de suposiciones y supersticiones acerca de la naturaleza humana. Se ha dotado al hombre de alma (luego también a la mujer), de espíritu, de cuerpo astral, de un tercer ojo para ver lo que está oculto (la atrofiada ahora glándula pineal), de unos centros de irradiación de energía -los Chakras- repartidos por el cuerpo, de un aura que rodea su figura. Se ha hecho del sufrido individuo un microcosmos, espejo fiel del universo, semejante a Dios, espiritualmente inmortal, centro del mundo y dueño de la creación. Se le ha asignado una memoria ancestral -el inconsciente colectivo- y un motor para sus acciones: la libido o impulso sexual. Esto rige para todos los humanos, pero entre ellos existen además pueblos elegidos, razas superiores, sangres nobles, adeptos a la verdadera religión, auténticos patriotas y naciones que surgieron para gobernar el mundo. Entre toda esta gente, todavía descuella el superhombre. Y hacia él caminamos -o retornamos- del brazo del filósofo Nietzsche y de los satanistas, que liberan nuestras pasiones y nos hacen fuertes e implacables; de los parapsicólogos y ocultistas, que nos otorgarán la gnosis, la verdadera revelación, el saber nunca alcanzado o en otro tiempo perdido, que nos hará, por fin, invisibles, invulnerables, físicamente inmortales, gigantes, telépatas, profetas, aptos para la bilocación, la levitación, la transvección y la telequinesis...
Se vive aún en un mundo donde la violencia, la injusticia, la explotación, la arbitrariedad, la ignorancia, la estupidez y la crueldad alcanzan a todos sus confines; un mundo, en suma, todavía inhumano, habitado por seres que no somos verdaderamente humanos en el más profundo sentido de la palabra. Habría, por tanto, que recomenzar con la búsqueda del hombre... Sin embargo, los magos, los iniciados y otros prefieren ir más allá.
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