Categoría: Relatos
28 Julio 2009
Mi chica tiene un trasero precioso, de esos que si le pasases la tarjeta de crédito por la raja del culo te quedarías sin saldo en la cuenta. Ya se sabe, el que algo quiere, algo le cuesta, y mi tributo a los hados del destino que nos juntaron en una de esas extrañas carambolas del azar son las cenas de Special K. Cada noche, cuando “arribo” a casa, no me espera un capuchino de sobre, sino un descomunal bol repleto de esas oscuras virutas de aglomerado de Kellogg’s. Para adelgazar, supongo.
Miro mi prominente barriga cervecera -aunque ahora los científicos dicen que la birra no es la culpable de este monoabdominal-, miro el bol y miro su culo de vuelta a la cocina y pienso que a las tres de la mañana me despertarán los ronquidos de mi estómago, declarado en rebeldía. La entrepierna rebatirá la cuestión y la cabeza permanecerá al margen, porque con hambre no puedo pensar ni tomar decisiones.
Curiosamente, ella no se mete con lo que desayuno ni con lo que como, así que puedo hartarme de tostadas, magdalenas, churros... y al mediodía, cocidos, macarrones, huevos fritos... Lo que me dé la gana. Sólo quiere que cene con ella estos asquerosos cereales integrales de cartón. Pero ni siquiera me lo ha pedido, una noche me los plantó delante -con unos pantaloncitos cortos, muy muy cortos y ajustados-, y hasta hoy.
Si por lo menos pudiera remojarlos, en leche, o en bourbon, yo qué sé, pero no. Agua, como mucho, para hacerlos bajar por la tráquea. Lo peor es que fui yo quien compró la primera caja de esta bazofia, no sé por qué, por probar. Quizá ella lo interpretó entonces como una indirecta -dios me libre- y ésta es su forma de vengarse. O un castigo por materialista, machista y sátiro. El caso es que ella se los come, sentada en el sofá, con su sonrisa y su culo a mi lado, ante el televisor. Pero mi bol es más grande, lo compré pensado en el tigre, la rana y el mono, no en esta K roja en cursiva, y ahora toca joderse y tragar. En todos los sentidos. ¿Tiene sentido sacrificar la cena tanto por unas nalgas prietas?, me cuestiono a veces, entonces ella se vuelve hacia mí, con un ademán de afecto y su abultada camiseta de tirantes, y en ese momento, el que sonríe mientras mastica soy yo.

servido por cizalla
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2 Abril 2009
Diferencias térmicas en mis muñecas. El frío de las esposas contra la quemazón que éstas producían en mi piel. Demasiado apretadas a propósito. El policía evitaba mirarme a los ojos desde el otro lado de la mesa. Buscaba las palabras apropiadas para empezar, pero se le resistían. Otro tipo, de uniforme, aguardaba, indiferente, en pie junto a la puerta. Decidí empezar yo y le dije que sí, que lo había hecho. Yo había enviado las cartas. Si habían dado conmigo a pesar de mis precauciones era inútil negarlo. A decir verdad, no creí que llegaran a hacerlo, me había convencido de que era más listo que ellos y había resultado que no. Esto era lo que más me fastidiaba, lo que realmente me había jodido el día. El poli abrió la boca para decir algo, pero volvió a cerrarla y a centrarse en sus informes. Tocaba confesar, a explicarles cómo lo hacía, cómo sacaba la pólvora de los cartuchos, mi diseño del temporizador -versión propia y mejorada de un modelo que saqué de internet-, mi estratagema con los matasellos... pero callé aunque no tenía sentido hacerlo. Ellos ya debían saberlo todo y yo había perdido, si querían llevar la iniciativa y prolongar lo inevitable estaban en su derecho. El policía pronunció entonces las sílabas de mi apellido de una en una, con una voz sobrecogedora. “No está aquí sólo por lo de las cartas”, dijo a continuación, con un tono extraño, y ahí sí que me dejó helado. Quise bromear, hice un mal chiste sobre multas de tráfico o así, pero no conseguí la inflexión calmada que pretendía. El agente de la puerta modificó un ápice su postura para redistribuir su peso sobre los pies. O quizá se sentía incómodo ante la fotografía que su colega extrajo de entre los papeles y que yo todavía no podía ver. La giró. Era mi mujer. “Se trata de su mujer”, redundó el policía. Un primer plano. Despeinada, sin maquillaje, pálida en las partes de la cara que no estaban amoratadas o cubiertas de sangre, que no eran muchas. Aún podía ver la burla en sus ojos vidriosos. De pronto lo comprendí todo. Estaba allí por haberla matado. No por las cartas. No tenían ni idea del asunto ni aún después de mencionarlo. Sonreí, no pude evitarlo. Al final sí que había sido más listo que ellos.
servido por cizalla
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22 Enero 2008
Actualizo con este post el de hace unas semanas. He aquí la nota de prensa de la publicación de ANTES DE BAKER STREET y SHERLOCK HOLMES Y LO "OUTRÉ":
Estimados amigos:
Es un placer para nosotros anunciaros que ya están a la venta las dos nuevas publicaciones sherlockianas (o holmesianas) patrocinadas por la Academia de Mitología Creativa "Jules Verne" de Albacete.
Tras el éxito del año pasado con CUADERNO DE BITÁCORA DEL MATILDA BRIGGS: CINCO ENSAYOS SHERLOCKIANOS Y UNA CARTA, este año os ofrecemos los siguientes volúmenes:

-SHERLOCK HOLMES Y LO "OUTRÉ", de Alberto López Aroca, que es un largo ensayo acerca de la relación entre Sherlock Holmes y el Mundo de lo Sobrenatural, y donde se ahonda en especulaciones y teorías más o menos canónicas, como la intervención del Maestro en el "Affair Drácula", o las diversas teorías existentes acerca de Isadora Persano y su "Gusano Desconocido Para La Ciencia".

-ANTES DE BAKER STREET, de Juan García Rodenas, que reune dos eruditos pastiches, situados antes del primer encuentro entre Holmes y Watson, en 1881, y donde encontramos a un joven doctor Watson inmerso en la batalla de Maiwand, y también a Sherlock Holmes en Wasinghton, investigando un crimen ya resuelto "satisfactoriamente" para todo el mundo menos para él: el del asesinato de Abraham Lincoln.
Se trata de dos joyitas sherlockianas, que harán las delicias de expertos, iniciados y por qué no, también de los profanos que deseen iniciarse en los entresijos del Londres Victoriano y la Ciencia de la Deducción.
Alberto López Aroca (1976) es autor de seis libros de narrativa publicados en los últimos años, de un volumen previo de estudios sherlockianos, y colabora activamente con revistas y fanzines de todo signo. Actualmente trabaja como corrector, traductor, redactor y guionista para las más diversas publicaciones y empresas.
Juan García Rodenas (1976) ha publicado cuatro novelas de serie negra (entre las que se incluye su “Saga de la Ciudad Oscura”), ha participado en varias antologías poéticas, revistas, fanzines, y recientemente ha dado a la imprenta una compilación con su poesía completa, “Demasiado Grande Para Tus Ojos” (Ediciones Cizalla, 2007).
Les invitamos a visitar el dossier de prensa on-line sobre la publicación de estos dos "booklets", en la siguiente dirección:
http://www.quevayanellos.com/sherlockholmes/
Estos volúmenes, que se venderán al público al precio de 5,95 euros, pueden solicitarse YA a las siguientes direcciones:
fabulasext@albaceteliterario.com
fabulasext@hotmail.com
Reciban el más cordial de los saludos, y quedamos a su entera disposición,
Fábulas Extrañas Ediciones
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29 Septiembre 2006
De propina, os dejo aquí dos cuentos un tanto especiales, pues se trata de dos textos que intentan ser paródico respecto a cierto tipo de literatura que ni practico ni me interesa, pero que al parecer es la que se lleva en las "altas" instancias del mundo cultureta e intelectual. Con su pan se lo coman.
LOS LABERINTOS DE CONSTANTINOPLA
Andrés H. Cano
Era una noche fría y tormentosa. Paseaba a resguardo de un viejo paraguas que le había robado a un pintor tuerto y neozelandés allá por 1978, en Montparnasse. La ciudad que fundara Constantino I el Grande hacía diecisiete siglos se me antojaba irresistiblemente mágica y misteriosa a pesar de la torrentera, así que me había arrojado a sus calles. A través de los desagües, la vieja Estambul, capital política, religiosa, económica y cultural de imperios y naciones, parecía llorar por el esplendor perdido, en tanto yo, con el espíritu conmovido por el vino griego de la cena, me dejaba llevar por las musas de Baco y los soportales hacia la cetrina nada.
Giselle me había arrojado un cenicero de alabastro que había rozado mi sien. Giselle era una veterinaria ninfómana, amiga del marica de Roland y ex amante del viejo profesor De Bryce. Era menuda, rubia, de grandes pechos y tendía al orgasmo inmediato en cuanto se le rozaba el ano. Coincidimos en una fiesta en Venecia seis meses atrás y enseguida había sabido captar mi atención con el detallado relato de las intervenciones quirúrgicas que le practicaba a los animales. Roland notó la perturbación sexual que aquellas historias me producían y corrió a presentarnos. Nació entonces un discontinuo romance que culminó esa noche, cuando después de negarme a penetrarla por detrás, anuncié mi intención de pasear bajo la lluvia.
Llevaba en el bolsillo de la gabardina un gramo de cocaína que le había comprado a un poeta armenio en el refectorio de Santa Irene esa misma mañana. El sujeto me había contado una especie de chiste acerca de Jesucristo y un grupo de judíos que estaba a punto de lapidar a una prostituta. Jesús se interpuso entre la desgraciada y la multitud y dijo: “Aquel de vosotros que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”. Entonces, una viejecita salió del grupo, se agachó, cogió un pedrusco y se lo arrojó a la pobre puta, abriéndole la cabeza y tirándola al suelo cubierta de sangre, matándola en el acto. Y va Jesús y dice: “De verdad que a veces me irritas, mamá”. El poeta se rió a carcajadas, y yo, por miedo a que nos descubrieran con la droga por el jaleo que estaba organizando, salí corriendo sin meditar siquiera en la historieta. Bajo la cortina de agua, seguía sin encontrarle la gracia.
Un sibilino relámpago partió el negro telón nocturno en dos, seguido de un cañonazo que parecía anunciar el fin de los tiempos, la resurrección de los muertos y la inminente llamada al estrado divino. Con la cocaína incorporada a mi organismo por vía nasal, acerté a distinguir bajo el rojo neón propagandístico de un refresco norteamericano a una de las asistentes a mi conferencia del martes. Recordé haberle firmado un ejemplar de mi peor novela, que ella parecía adorar. Irina Katáiev era su nombre, hija de un importante industrial químico de Kíev. Una muchacha bella y resuelta, si bien no tendría más de dieciséis años. La llamé y, tras el susto inicial, corrió a mi encuentro como si fuera su ángel de la guarda. Nos abrazamos estrechamente, igual que dos náufragos que se reencuentran en tierra firme tras el hundimiento de su nave. Después, corrimos a refugiarnos en una sucia pensión y pasamos el resto de la tormenta haciendo el amor.

COMO LÁGRIMAS EN LA LLUVIA
Rosario Valacchi
M. observa el horizonte desde la ventana de su dormitorio. A su espalda, S. duerme plácidamente, apenas cubriendo su cuerpo desnudo con un retorcido extremo de la sábana de seda negra. El sol se retira al otro hemisferio planetario por detrás del escalonado perfil que forman los edificios. La Ciudad se agita como un animal herido de muerte conforme la noche avanza como las olas, y la cabeza de M. se va llenando de pensamientos fúnebres. M. alarga el pie descalzo hasta tocar el grueso volumen de T.S. Elliot que tan bien conoce. “And he had waked up in due course as would he, naturally/ and in a dream-altered bed, in a dream-altered room/ in even, by godfrey / a dream-altered nightshirt and with…/ with dream-altered skin./ To remain a brief while thus before falling off again,/ and rewaking once more as his original self”. M. sonríe para sí y recuerda las palabras de David Abernathy: Se puede matar al soñador, pero no al sueño.
S. se gira y los dedos de luz que atraviesan la persiana veneciana revuelven su negra melena. Belle, honneste et vertueuse, le hubieran glosado los poetas franceses del siglo XVII. El ronroneo de su respiración es el único sonido al que el hombre presta oídos. Un dulce rumor que incita a arrojarse a los abismos de la pasión. Sin embargo, M. acalla estos impulsos y se pega más al frío cristal de la ventana, repasando con la mirada la longitud de la calle Mayor, aguardando un accidente de tráfico que nunca llega y que justifique su creencia en la crueldad del mundo. Su vida ordinaria está afectada por decisiones insoslayables, la principal implica el estar a favor o en contra de la vida en un sentido absoluto. Kafka hablaba de que la necesidad metafísica sólo es la necesidad de la muerte. M. necesita a la muerte aunque sea en las minúsculas dosis en forma de orgasmo que obtiene de S. Como el aire hace al águila, que escribiera Goethe, el sexo hace a M. Vis mortua, vis vitalis, vis vivifica.
Allá abajo, un terrier sin dueño alza el morro hacía donde se halla M. Este pierde el pulso de miradas, e incómodo, regresa al borde de la cama y posa su diestra sobre el marfileño y cálido muslo de S., que se estremece levemente en sueños. La obra Zwei adhandlungen über die Ram und Zeit, de Karl Staudenmaier, contenía una reflexión acerca de la vida y la muerte que a M. siempre le ha fascinado, y que, pasada por el tamiz de Groucho Marx —inconcebible lector del viejo doctor de Boppaard— venía a decir que no podía tomarse la vida demasiado en serio, pues sólo era algo transitorio.
S. abre los ojos, al fin. Sus senos se mueven cuando se incorpora en el lecho, un tanto confusa y desorientada. Necesita un poco de animación, un chorro repentino de jugo que le devuelva la vitalidad. Un café, un bourbon, o quizá un polvo. Su carne se estremece repentinamente al sentir la frialdad imperante de la habitación. Algo en el ambiente le conmina a no moverse de la cama.
M. busca su reflejo en las negras pupilas de ella. Piensa en la vieja bolsa de aseo que esconde en la maleta, debajo una chaqueta de pana, que contiene la pistola. M. se inclina sobre S., la besa en la frente y se va a la cocina. Tenía razón Oliver Cromwell al afirmar que nunca se va tan lejos como cuando no se sabe adónde se va.
Albacete, 2005. Publicado en fanzine Barcacola.
PD. Los nombres que figuran como "autores" son, evidentemente, pseudónimos utilizados únicamente para la ocasión.
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29 Septiembre 2006
Aquí va otro cuento publicado en esa fantástica revista de ese gran poeta y amigo que es Julián Cañizares.
UNA LECCIÓN DE HISTORIA ANTIGUA
Apenas se filtraba un rayo de luz en la biblioteca, y precisamente éste iba a posarse sobre la mano derecha de Joe Aiello. Era esa mano grande, plana, con el dorso surcado de gruesas venas azules y la palma encallecida por el trabajo duro. Los dedos eran romos, irregulares, adornados por una pulcra manicura que delataba su actual posición de caporegime en la Familia Cironato. La mano se posaba, como un pájaro muerto, sobre un negro teléfono que a su vez aplastaba un librito de versos de cierto Ivan Muvi.
La puerta se abrió pesadamente y arrojó sobre la oscura estancia un chorro luminoso que se estrelló a escasos centímetros de Aiello. Las altas siluetas de Albert Cironato y Big Jack Miranti, su guardaespaldas, se recortaron bajo el umbral unos segundos, igual que las figuras de un campo de tiro, antes de pasar a la biblioteca.
—¿Qué pasa, Joe? —dijo el Don—. ¿Qué demonios puede preocuparte tanto como para tenerte aquí encerrado a oscuras?
Big Jack hizo ademán de ir a descorrer los pesados velos que cubrían los ventanales, pero Don Cironato, tras sentarse ante Aiello, le hizo una seña para que aguardase. Luego encendió una pequeña lámpara. De nuevo, la luz evitó contactar directamente con la anatomía del cansado Aiello; sin embargo, ahora los recién llegados podían apreciar los detalles más sórdidos de su rostro, las marcas de guerra que describían las torturas y penalidades que el ahora mejor de los hombres de Cironato había padecido antes de pasarse a su Familia.
—Pienso mejor en la oscuridad, ya lo sabe —dijo Aiello, mientras dirigía sus profundos ojos azules hacia su jefe.
—No hay mucho que pensar ya, esta guerra la tenemos ganada —el Don se arrellanó en el sofá. Sus pupilas se apartaron de las de Aiello, refulgentes en la penumbra, hacia el cuadro que presidía la sala y que representaba un cruento campo de batalla realizado por Haans Steinman en el siglo XVIII—. Menuda época aquella, ¿eh, Joe? Entonces eran los reyes y los papas quienes dirigían el Negocio… Y por hacerse con el control guerreaban entre ellos, como hacemos nosotros ahora.
—Sí. El mundo gira y gira, pero siempre sobre el mismo eje —comentó Aiello.
—Vamos, Joe, espabila. Te necesito entero —Cironato se inclinó sobre sus rodillas hacia el caporegime. Big Jack seguía de pie ante las cortinas, rumiando sus propios pensamientos bajo su granítica faz—. Tenemos que asestarles a los Magaddino el golpe final, y tienes que ser tú quien dirija la operación. Sabemos que esos putos calabreses se esconden en un almacén en la calle 55. Gracias a tus últimas acciones, apenas quedan una veintena de hombres para proteger a Toni Magaddino y a su cúpula. Es nuestra oportunidad; de nuestra Familia para hacerse con el control de la ciudad, y tuya, para vengarte de los que te hicieron eso…
Con “eso”, Cironato se refería a las cicatrices que habían desfigurado el rostro de Aiello para siempre, las heridas en los brazos y en el pecho que su antigua familia le habían proporcionado por atreverse a discutir las órdenes de Toni Magaddino. La tortura había sido lo suficientemente salvaje como para hacer que Aiello acudiese a la familia rival, los Cironato, a ofrecer sus servicios. Un día afortunado para unos, y a la vista de los resultados, aciago para los otros.
Joe Aiello dejó escapar un profundo suspiro.
—¿Sabes algo de los babilonios, Albert? —soltó de pronto, en un susurro.
—¿Babilonios? Sí, eran una civilización de la Antigüedad, ¿no?, como los egipcios… ¿Qué cojones tienen que ver los egipcios con lo que estamos hablando, Joe? El barco con el armamento y la munición que encargamos tiene que estar a punto de atracar, en cuanto las tengamos aquí…
Joe Aiello interrumpió a su jefe con un sonoro chasquido con la lengua.
—He telefoneado a Córdoba, Colombia —dijo, cabizbajo—, y he tenido una pequeña charla con ese Cañizares, el traficante de armas. Dice que el barco llegó a la ciudad hace una semana…
—¿Eh? —el Don se quedó petrificado, sin saber qué pensar ni qué hacer. Le lanzó una enigmática mirada a Big Jack, pero éste sólo supo encogerse de hombros.
—Hazme un favor, Jack, abre las cortinas —pidió Aiello, al tiempo que retiraba la mano del teléfono y la apoyaba sobre su pierna. Sus ojos se cerraron mientras el guardaespaldas descorría los densos lienzos que cercaban la negrura de la biblioteca. El sol de mediodía irrumpió con fuerza en la estancia, bañándolo todo con su diáfano contacto, igual que un gigantesco flash. La mortificada carne de Aiello se estremeció con el roce de la oleada de luz y calor. Hasta los sonidos parecieron amplificarse bajo aquel dorado fulgor. Los ladridos de Lulú, el perro de Eva Cinorato, señora del Don, en la planta baja; un odioso animal al que los muchachos llamaban Lulú de Transilvania por sus desmesurados colmillos, y —se comentaba— por aullar como loco cuando la primera dama de la Familia menstruaba. Al final del pasillo se oían los últimos compases de la ópera Turandot, obra reproducida una y otra vez por el equipo de música del otro caporegime de Cinorato, Girolamo Abbati, que por alguna extraña razón, parecía que nunca se sentía lo suficientemente italiano. De nuevo abajo, en la cocina, se escuchaba cantar a María, la oronda cocinera española, mientras preparaba especialmente para Aiello un cocido madrileño, siguiendo la receta de un tal Doc Thebussem, fuera lo que fuese eso.
—Zopyros —murmuró de repente Aiello, con una media sonrisa que era una auténtica mueca siniestra en su deforme cara. Mostró nuevamente a sus interlocutores sus celestes retinas, frías como el acero.
Entonces, los cristales de las ventanas estallaron hacia dentro en mil millones de fragmentos, cediendo fácilmente al empuje de la tormenta de plomo que vertían los Magaddino desde sus atalayas, a varios centenares de metros. El acribillado cuerpo de Big Jack dio unos deslucidos pasos de baile antes de caer muerto. Una explosión arrancó la verja de la puerta principal. Otra detonación sacudió la mansión desde la bodega a la última teja. Las armas colombianas, en manos del enemigo desde hacía días, vomitaban plomo hirviendo con fatídica puntería. En la residencia de la Familia Cinorato se había desatado un infierno, donde ningún alma quedaría sin castigo.
El cabeza de familia, el líder de la organización, el Big Boss, Albert Cinorato, yacía empapado en su propia sangre sobre una rica alfombra. La vida se le escurría entre jadeos y gorgoteos de plasma. Su pistola había caído sin ser disparada a un par de metros de sí. Joe Aiello, intacto como por ensalmo después de la primera andanada, se agachó y la recogió. Tras guardarse el arma en el bolsillo de la chaqueta, extendió su gran mano derecha hacia la frente del Don y le apartó el flequillo de los ojos para que pudiera verle bien.
—Zopyros —repitió Aiello, con sus labios fruncidos en esa cosa que pretendía ser una sonrisa—, era uno de los grandes príncipes persas del siglo V a.C., que bajo el mando del rey Jerjes I, guerreaban con Babilonia. Un día le vieron llegar a las murallas de la ciudad profusamente herido y perseguido por sus antiguos hombres. Zopyros convenció al Alto Consejo de que había desertado y los sabios, a la vista de sus lesiones, le creyeron. Enseguida Zopyros logró hacerse con el mando de un grupo de hombres, con los que infligió serios daños a sus anteriores aliados, a los que causó en muy poco tiempo bajas que se contaban por miles. Sus hazañas en el campo de batalla le sirvieron para que le confiaran cada vez más contingentes de soldados, hasta que por fin le nombraron comandante en jefe de todas las fuerzas de la inexpugnable ciudad. Entonces, —y en este punto del relato Aiello se acarició con deleite la cicatriz que surcaba su mentón—. Zopyros mandó un mensaje a Jerjes y le abrió las puertas de Babilonia.
Albert Cinorato abrió la boca, quizá para maldecir al traidor, pero una bocanada de sangre le impidió articular palabra. Murió con los oídos llenos de taponazos, mezcla de sus agónicos latidos y del repiqueteo de las armas automáticas.
Joe Aiello regresó al sillón y recuperó su posición original, e igual que hiciera minutos antes, descolgó, hizo girar el dial del teléfono varias veces y tras escuchar la voz de Luigi Aguilar, el férreo guardaespaldas de Don Toni Magaddino, informó del deceso del patriarca Cinorato. Mientras hablaba, la cadencia de las detonaciones iba decayendo, así como el subsiguiente sonido de un cuerpo muerto impactando contra el enlosado. Tras la toma de Babilonia, Jerjes I hizo crucificar a 3000 personas, Don Magaddino sería poco más condescendiente.
En su asiento, fuera de la línea de fuego de los francotiradores, Aiello no se planteaba si había merecido la pena desfigurarse de por vida para acabar con toda la Familia Cinorato, sino si podría asistir a la última sesión del Capitol Theatre para ver una película de marcianos contra dinosaurios.
Albacete, 2005. Publicado en Ayverlar (ahora no me acuerdo del número)
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28 Septiembre 2006
Julián Cañizares me encargó un cuento que de alguna manera tuviera algo que ver, o que decir, de la poesía y me salió esto.
SOY EL ÚLTIMO POETA
A qué poca gente debe seducirle el tacto de una estaca de madera. El rugoso tacto del pino en un listón de 100x7x5 centímetros, los duros ángulos rectos que conforman rectángulos con olor a lapicero, a pupitre de antaño, a leña recién cortada. Si se esgrime como una espada, la palma de la mano se resentirá de su esquinada forma, pero cortará el aire como un mandoble, trazará invisibles las zetas del Zorro, y podrá voltearse con facilidad al más puro estilo ninja. Carece de filo, pero no de contundencia, la hermana mayor de la vieja regla de los viejos maestros, y al igual que aquella, esta se emplea para castigar la mediocridad.
Quien así ama a la tabla es un poeta, se autodenomina Omega-Man, y plagia a propósito el título de aquella película de Charlton Heston —inspirada en la novela de Richard Matheson Soy Leyenda—, que aquí se llamó El Último Hombre Vivo. En el film, el héroe era el único superviviente “normal” en una humanidad transmutada en monstruos nocturnos —en el libro, eran vampiros—. Nuestro Hombre Omega se ve a sí mismo en iguales circunstancias, sólo él ha sobrevivido a la hecatombe, y su supervivencia depende del trozo de madera que hiere la piel de su diestra, y le deja pequeñas astillas entre los dedos, a modo de recordatorio para que no olvide por quien debe rezar al acostarse.
Sus monstruos no son todo el mundo, claro. Pero todo su mundo sí lo son. Desde su atalaya contempla las calles, y no reprime el escalofrío. Están ahí, los siente igual que el hielo que azota su sistema nervioso. Son los Otros Poetas, mezclados entre la gente corriente pero sin pretender pasar desapercibidos; con sus extrañas ropas (siempre las mismas, siempre iguales); su oscura forma de hablar, apenas inteligible para el Omega-Man, que no se limitaba a pervertir las palabras en su significante y significado, sino que las acompañaban de un obsceno y complicado lenguaje corporal exponiendo así lo retorcido de su pensamiento; sus sucias e insanas costumbres, que retrotraían al ser humano a la depravación más atávica.
Y el Hombre Omega, aferrado a su metro de pino, aprieta los dientes. Él los caza. Se disfraza con una gabardina oscura, en cuya manga derecha oculta la estaca, y pasea por las avenidas que ellos frecuentan, visita sus nidos de perversión, espía sus guturales tertulias y cuando más fundido está en el entorno, saca el reclamo y espera. Su sistema es primitivo pero eficaz, a la vez cebo, trampa y cazador, y no le ha fallado todavía.
La mano izquierda se desliza dentro del bolsillo del abrigo, extrae un librillo de poemas y lo sostiene con disimulo. Y los monstruos, con su sexto o séptimo sentido, lo detectan; sus movimientos no son sibilinos, se les ve venir y eso ha garantizado el éxito de la caza hasta ahora. Pero van aprendiendo.
El libro es como el test Voight-Kampf de Blade Runner, señala a los replicantes sin posibilidad de error. No es siempre el mismo, tiene autores para elegir, según el día y la clase de monstruo que desea cazar. Bukowsky da muy buen resultado, igual que Lorca, cualquier cosa con su nombre los atrae como la mierda a las moscas. Una vez elaboró en su ordenador una falsa sobrecubierta con el título Nuevo romancero de follar, con el nombre del poeta granadino debajo, y los monstruos no apreciaron el engaño. Baudelaire, Whitman, Neruda, Celaya… la lista podía hacerse tan larga como la mejor carta de vinos, pero los más atractivos a los ojos de los monstruos eran los dos primeros.

El ritual del monstruo es siempre el mismo; desplegar sus encantos, en un vano afán por captar su atención; distraer para atacar por detrás, moderar su habla para hacerse cercano, y poco a poco liberar su ego como un veneno.
Sin embargo, el Hombre-Omega no se deja embaucar, y si la zurda agarra el texto, la diestra tiene el leño, y leñazo que te crío se lleva el monstruo en la frente. ¡Zasca, monstruo, y hasta otra!, gritan juntos la estaca y él. Y nuestro héroe desaparece a la carrera, dejando otro monstruo sin sentido, muerto para la causa del Mal.
Por este camino, un día Omega-Man acabará entre rejas, pero por ahí también pasaron Miguel Hernández, Richard Lovelace, Cesar Vallejo, Paul Verlaine y e.e. cummings, así que no es mal final para el Último Poeta.
Diciembre de 2004. Publicado en Ayvelar nº15.
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27 Septiembre 2006
Ahí va uno inédito.
PELÍCULAS PORNO
A Armando le gustaba, como a cualquier hombre, ver películas pornográficas. En especial si salían buenas mamadas. Le encantaba ver a aquellas hembras, por lo general entradas en carnes, metiéndose en la boca las hinchadas vergas de los actores, gruesas como mangueras, con el glande púrpura a punto de explotar. Disfrutaba como nunca viendo cómo la chica masturbaba la polla con los labios, engullía hasta el inicio del escroto rasurado, y miraba a cámara con esa cara que decía “soy tu zorra”. Y se deleitaba pasando una y otra vez el momento en que el actor, tenso como un arco, agarrotado ante el placer, descargaba un largo chorro de semen que ella, complaciente, recogía en su paladar. Luego, según la actriz y la película, lo escupían con mayor o menor disimulo, y muy pocas se lo tragaban. Estas últimas eran claramente sus favoritas.
A Armando, viudo desde hacía diez años, no se la habían chupado más que una vez, una puta en Madrid. Lo recordaba como el mejor orgasmo de su vida, y mira que había follado mucho a lo largo de sus sesenta años. Su pobre Rosalía no aceptó las pocas veces que él se atrevió a proponérselo. Sólo en una ocasión, y con mucho alcohol de por medio, ella lo intentó. Apenas se introdujo el prepucio en la boca y enseguida vomitó hasta la primera papilla, por lo que jamás quiso repetir. Armando respetó su decisión, sabía que su mujer no era lo que se dice una estrecha; de hecho, no puso muchos reparos cuando sugirió penetrarla por detrás. Bien sabido es que, cuando los años hacen que la vagina de la esposa pierda elasticidad y se reduce drásticamente su capacidad de contraerse y dilatarse, desapareciendo por ello la estrechez que tanto placer proporciona al marido, es práctica habitual que éste se lance a la exploración de otros recovecos más adecuados para su desfogue.
Desde que Armando se quedase solo en su cama, sus prácticas sexuales se habían limitado a la autocomplacencia, ayudado por la imaginación y los vídeos porno que se grababa de la televisión local los viernes por la noche. Solía grabar las películas una encima de otra, conservando únicamente aquellas en las que había deglución seminal, y lo hacía sin preocuparse de lo que pudiera pensar su hija Luisa. La niña de sus ojos cumplía veintidós años, trabajaba de camarera y tenía sus propios problemas. Era una chica preciosa; sin lugar a dudas, la más atractiva del barrio. Despertaba la libido masculina y la envidia femenina allá donde fuese. Luisa era consciente de su belleza y sabía sacarle partido. Digamos que, como mascullaban las comadres en la puerta del colegio, era una chocho-loco.
Armando, como padre, no vio con buenos ojos que Luisa se liara con el vecino del tercero, un italiano de nombre Franco Attipalda, de cuarenta y cinco años, con cierta fama en el barrio de delincuente. Decían las malas lenguas que andaba metido en negocios sucios, que con su lavandería no podía pagarse los trajes de impecable corte que gustaba lucir los fines de semana a bordo de su coche, un Golf rojo descapotable. Había quien se atrevía a afirmar que podía pertenecer a la Mafia, pero estas ya parecían palabras mayores. El caso es que a Luisa se le antojó el vecino, o tal vez Franco hizo gala del legendario encanto latino y logró seducirla. Fuera como fuese, ambos acabaron compartiendo algo más que unas risas y el ascensor al bajar la basura. Armando hizo uso de su posición paternal para pronosticarle a la pareja toda clase de desdichas, desgracias y males, pero fueron pasando los días y tanto la camarera como el lavandero se empecinaban en llevarle la contraria.
Hasta que sucedió.
La presagiada ruptura llegó con el calor del verano y el abandono de los abrigos. Algún torso fornido, unos prietos abdominales o el mero aburrimiento lograron que Luisa arrojara al cuarentón a la cuneta de las ex parejas. Armando se frotó las manos, doblemente satisfecho. Por un lado, su hija se había quitado un muerto de encima, y por otro, pudo reprenderla con el siempre incómodo “Te lo advertí”. Nunca supo, ni quiso saber, detalles de la relación intervecinal, así que tampoco pidió explicaciones. Se limitó a ofrecer su hombro y experiencia en caso de que la, de nuevo su niña, necesitase consuelo. No fue el caso, Luisa parecía tener las cosas bastantes claras y ni una sola vez mencionó la posibilidad de una reconciliación con el italiano.
Todo podía haber quedado así, con Armando cascándosela en la soledad de su casa, atizado por el insomnio y el calor de agosto, y Luisa citada con algún guapo mozo con el que echar un rápido y nada comprometedor polvo en la trastienda después del cierre. Pero la vida nunca es tan sencilla y esta historia no sería digna de mención si este hubiera sido su desenlace. Y es que Franco Attipalda todavía no había dicho su última palabra.
Nadie le había preguntado si le parecía bien que Luisa le hubiera dejado, pero de haberlo hecho, él habría respondido que no, que a pesar de lo ocurrido la amaba con toda su alma y la deseaba con todo su cuerpo, que no conciliaba el sueño si no hacía antes el amor con ella, que no comía si no sabía que iba a volver a tenerla entre sus brazos… Ahora, beber, beber, sí que bebía.
A Franco le desagradaba sobremanera coincidir en la escalera con Armando y que éste desviase la mirada y respondiese a su saludo con un gruñido. Y tres cuartos de lo mismo ocurría con la hija. Había tratado de hablarle, de aclarar las cosas, de pedirle que volviera a su lado, pero ella no le dio la menor oportunidad. Luisa le colgaba el teléfono, prefería bajar por las escaleras antes que compartir el ascensor, y cuando coincidían en el portal, le dedicaba una mirada plena de indiferencia. Las únicas palabras que le sacó fueron: “Mira, lo pasamos bien, pero eso ya se acabó”. Un triste epitafio para su relación.
Lo bueno, o lo malo, de Franco es que no se rendía fácilmente. Su carácter, o tal vez su trastocada mentalidad, no le permitían conformarse con una negativa, por muy rotunda que esta fuese. Tenía sus recursos para hacerla volver, quisiera Luisa o no.
Cuando las comadres hablan de una mujer refiriéndose a ella como chocho-loco implica algo más profundo que el mero hecho de tener una actividad sexual ajetreada y liberal; en su curtida sabiduría de años y años ejerciendo de amas de casa, madres, trabajadoras, vecinas y amantes han desarrollado un verdadero sexto sentido para eso de las relaciones humanas, con su propia terminología que para sí ya quisieran sociólogos y estadistas. Chocho-loco forma parte de este vocabulario técnico, y aparte del evidente e inicial significado, nos cuenta también que a la fémina en cuestión le va, digamos, lo “raro” en la cama, entendiéndose como “raro” todo aquello que exceda de la postura del misionero y su variante inversa. Como puede apreciarse por la vaguedad de la definición, tienen cabida aquí toda clase de kamasutras y perversiones, y una razón más que justifica la antipatía que despiertan las Chocho-Locos en las clásicas comadres.
¿Van cogiendo el hilo? Vamos que, por una razón u otra, ellas habían intuido que los coitos de Luisa y el italiano no habían sido tan ortodoxos como los de, es un poner, Armando y su difunta Rosalía —que Dios tenga en su gloria—, por mucho que él hubiera variado el sentido de la penetración.
Franco, herido en lo más hondo de su orgullo de macho mediterráneo, loco de amor, o loco a secas a falta de un dictamen psiquiátrico más preciso, concibió su plan en un momento de sobriedad cuando, de camino al supermercado a la busca y captura de barata y translúcida ginebra, vislumbró dos comercios que se abrían al transeúnte, uno frente al otro: el videoclub vs la tienda de fotocopias. Una clara señal divina que sólo él supo interpretar. El Todopoderoso ponía delante de sus narices los medios para llevar cabo el ingenioso plan que todavía no había pensado pero que, de igual modo, no tardaría en serle revelado.
Y hete aquí, que cuando se disponía a dar un nuevo paso, un chaval con granos que salía del vídeoclub a toda prisa, muy nervioso, tropezó con su corpulencia y dejó caer la película que llevaba entre las manos. Siguiendo un movimiento reflejo, Franco se agachó a recoger la cinta, que escapaba de la caja y que se titulaba “Abuelas cachondas: se follan a los novios de sus nietas”. Como era de esperar, y a pesar de lo manida de la expresión, en su mente se hizo la luz. Devolvió el videocasete al chaval, que parecía estar a punto de ponerse a llorar, y prosiguió su camino, dispuesto a celebrar por anticipado el regreso de Luisa con una botella de Gordons con limón.
Cuando Armando regresó del ambulatorio, donde había pasado la mañana entera por cosa de unos análisis, encontró su calle empapelada con unos extraños carteles. En realidad no eran otra cosa que fotocopias pegadas con celofán a toda superficie plana y vertical. Algunas yacían en la acera, arrancadas por los chiquillos, o por algún vecino de esos que no soportan la propaganda ni a los que la reparten. No pudo resistirse y quiso ver qué se anunciaba allí. Cuál no fue su sorpresa cuando leyó lo siguiente:
¡¡INMINENTE ESTRENO!!
LA PELÍCULA PORNOGRÁFICA MÁS FUERTE DEL MOMENTO.
PROTAGONIZADA POR DOS VECINOS DE ESTA CALLE.
¡RESÉRVELA YA!
Es imposible describir la cara que se le quedó a Armando. Algo en sus entrañas le dijo quiénes debían ser aquellos dos fogosos “vecinos de esta calle”.
Jadeante, cerró la puerta de su casa, y llamó a voces a su hija. Al no recibir respuesta se dirigió hacia su dormitorio, secándose el sudor de la precipitada carrera con el pañuelo. Dime que no, hija, que no eres tú, quiso decirle, pero no pudo articular palabra al verla. Luisa estaba echada en la cama, fumando y con los auriculares del walkman puestos. Aparte del ceño heredado de su madre, nada en su cara delataba cuáles eran sus pensamientos. Cuando vio a su padre en el quicio, apagó el cassette y se incorporó. Armando descubrió una bola de papel junto a la alfombra; por supuesto, era una de las fotocopias. Luisa apuró la última calada y terminó de levantarse en toda su altura, plantándose ante su progenitor con aire desafiante. Esperaba una bronca, un bofetón, blasfemias, menciones a la santa memoria de su pobre madre, pero no hubo nada de eso. Confusión y no otra cosa reflejaban las pupilas de Armando; una gigantesca confusión que le abotargaba y apenas le permitía pensar. No se movió de donde estaba.
—Me acaba de llamar —dijo Luisa—. Dice que si no vuelvo con él llevará la cinta a la televisión local. Que ha hecho más de cien copias para vender, y no sé qué más tonterías... —Armando no se movió; recibía la información, pero era incapaz de reaccionar. Su estatismo le aportaba una gran tranquilidad; no así a su hija, que continuaba aguardando una explosión de ira. Como nada sucedía, le dio la espalda y fue hasta la ventana, encendiéndose otro cigarrillo—. Qué cabrón...
—Luisa... —logró articular Armando. Un susurro apenas audible.
—Imbécil de mí —la chica pensaba en voz alta—, debí imaginar que se guardaría una copia.
—Luisa —insistió el padre, logrando captar su atención. Su propia voz le sonaba como un quejido lastimero—. Qué... qué vamos a hacer...
—Nada, papá, deja que yo me encargue. En cuanto acabe mi turno lo soluciono pegándole cuatro voces. Me teme.
Armando regresó en silencio al salón, cabizbajo, sin apetito pero con ganas de atizarse un lingotazo de coñac. No quiso ni pensar qué hubiera ocurrido en su casa de vivir su Rosalía. Probablemente nada, ella habría sabido educar mejor a la niña y no hubiera acabado siendo un pendón que se dejaba filmar mientras follaba con un desequilibrado veintitrés años mayor que ella. El coñac llenó su pituitaria antes que su boca, acogiéndole entre sus cálidos brazos, listo para derramar tibieza líquida al estómago. Luisa dio un portazo al salir que él no escuchó, ocupado como estaba en contar las lágrimas que dejaba escapar, rememorando los buenos tiempos. Echó de menos a su mujer. Con paso tembloroso, fue recorriendo los estantes y paredes repletas de fotografías pasadas, su historia retratada para una amarga posteridad en un desorden cronológico donde la comunión de Luisita se anticipaba al bautizo y el viaje a Lourdes era anterior a su jura de bandera. El recorrido a través del tiempo acabó por devolverle a la alcoba de Luisa, que le resultaba del todo desconocida. La bola de papel seguía en el suelo; y un detalle más que la estupefacción anterior no le había dejado apreciar: había una cinta de vídeo sobre el escritorio. Un impulso incontrolable le llevó a cogerla, con cuidado, como si pudiera explotarle en las manos. Tenía una fecha escrita por toda identificación, que se remontaba a cuatro meses atrás, cuando Franco Attipalda y su Luisa todavía eran amantes y ejercían de ello.
Era La Cinta.
Y aunque le repugnaba, no podía soltarla, como si su inmundo contenido le hubiera atrapado igual que una tela de araña. Su simple contacto le transmitía las imágenes, la retransmisión en directo de un presente pasado.
Ahí está la cama del italiano, revueltas las sábanas y luz roja bañándolo todo. Se oyen risas infantiloides, los susurros obscenos de ella que entra en cuadro, su hijita, completamente desnuda, mil veces mejor que cuando vino al mundo, sensual, lujuriosa, danzando para Franco, tarareando su propia melodía de apareamiento. Aparece él, igual de desnudo, pero a años luz de su belleza, a pesar de que sus músculos conservan el vigor de los treinta. La abraza, frenético, enhiesto, la besa en los pezones, la devora, la exprime, la encañona con su polla y ella, aquella Luisita que se tragaba enteros los pasteles de crema, se traga ahora otra clase de postre, hasta la epiglotis, con absoluta naturalidad, con profesionalidad. Y van y vienen, y gimen, y sus movimientos se vuelven más y más rápidos, dignos de una máquina bien engrasada, van y vienen, arriba y abajo, dentro y fuera, inspiración y espiración, hasta que el ronquido que sale de dentro, el sonido gutural de un auténtico orgasmo —como aquella corrida de Madrid…— lo llena todo. Franco se cae de espaldas, extenuado, y Luisa, triunfante, alza la cabeza, mira a cámara con esa cara que dice “soy tu zorra”, se relame y traga.
Definitivamente, aquella película era de las buenas, de las que le gustaban a Armando.

En cuestión de segundos, pasaron por sus manos una caja de cartuchos, una manta de viaje y la escopeta. Envolvió la escopeta en la manta y bajó a la plaza. Su licencia de caza había expirado antes que su mujer, pero nadie se había ocupado de retirarle el arma. En ese instante, mientras la tarde se le venía encima y la brisa agitaba las fotocopias arrancadas, el viudo recordó que no había regado las macetas del salón. Franco no se hizo esperar; feliz, acababa de hablar con Luisa, que le había prometido ir a verle después del trabajo. Décimas de segundo antes de que Armando tirarse de los dos gatillos, el italiano se preguntaba si podría llamarle “suegro”.
Albacete, 2001
servido por cizalla
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26 Septiembre 2006
Este es uno de los más viejos que tengo en el disco duro...
UNA NOCHE
Es difícil escribir sobre esto. La verdad es que no sé por qué lo hago. Será cosa de la luna llena...
Desde que sufrí la caída no he vuelto a ser el mismo, parecerá estúpido pero creo ver, estoy seguro, por las esquinas de mi casa a Wendy. Sí, la niñata gilipollas esa de Peter Pan. Pero no es que la vea como en los dibujos Disney, no. Veo una chica, de unos diecisiete años o quizás algunos menos, agazapada tras mi sofá, oculta entre las cortinas, en la cocina, no sé, por toda la casa. La veo y sé que es ella, que es la Wendy. No me ha hablado en estas tres semanas que llevamos de extraña convivencia, ella jugando al escondite y yo devanándome los sesos, pero sin duda es Wendy.
Aparece en cualquier momento, pero últimamente tiene predilección por interrumpir mis pequeños momentos de relajación nocturna, cuando apago todas las luces de mi casa, enciendo el viejo flexo de chapa, lleno un vaso de buen bourbon, me acomodo en el sofá y Camarón canta letras de Lorca en la minicadena.
Es entonces cuando, sin previo aviso, veo sus rizos morenos caídos sobre su frente mientras se asoma por cualquier lado, sus ojos color miel carentes de fondo, su tembloroso labio superior que no puede esconder unos dientes extrañamente amarillos, pues siempre me sonríe picarona, como esas putillas preadolescentes con las que me he tropezado en algún barrio portuario. Viste con elegancia unos harapos que enseñan más que tapan, y que siempre dejan un pecho al descubierto, un delicado, firme y erecto pecho muy bien torneado. No sé qué querrá de mí, pero no consigo acostumbrarme a su intermitente y provocativa presencia.
He comentado esta visión con algunos amigos y todos me dicen que es un producto de mi imaginación, o consecuencia de las medicinas, o que tomo demasiado bourbon por la noche, pero de sobra sé que no es nada de eso. Es un misterio, un enigma; en los dos años que llevo viviendo solo no me había ocurrido nada parecido. ¿Qué coño querrá Wendy de mí? Porque esa quiere algo, seguro, sino no vendría con esa pinta de amazona zorrón a visitarme cada noche. Me he planteado la posibilidad de que quiera usarme para darle celos al gilipollas ese de Peter Pan, pero me parece que es ir demasiado lejos, porque al gilipollas en cuestión no lo he visto. Ni ganas.
Sé que ella es real, puedo oír su respiración en la penumbra de la habitación, puedo ver el vaho de su aliento al exhalar el aire (porque yo no tengo calefacción y en mi casa en estas fechas hace un frío del copón. Tengo que estar yo tapado con una manta en el sofá...). Me gustaría decirle algo, no sé, algo así como: Eh, tú, chica, ¿se puede saber qué quieres de mí?; o algo más en plan tío duro como: Pequeña, ¿por qué no te arrimas y te calientas bajo mi manta? ¿O es que me tienes miedo? Pero cuando la tengo delante no consigo articular palabra, me quedo como ido, hasta Camarón parece perder voz ante ella.
Esta noche he puesto un cedé de boleros de Machín, a ver qué ocurre. Estoy nervioso, pasan de la media noche y no la veo. Me siento como el tío ese de Lolita, ya saben lo que quiero decir, sólo que la de aquel era más tangible que mi Wendy. Eh, no suena mal eso de mi Wendy. A fin y al cabo, como soy el único que la ve, pues es mía. Mi Wendy. Es curioso, me acabo de dar cuenta que le estoy cogiendo cariño a la niñata esta. Quizá sea porque estoy demasiado solo.
A lo mejor de eso se trata, puede que en eso consistan sus visitas, trata de aliviar mi soledad...
No sé qué pensar. Por una parte me alegro, pero por otra me cabrea esa actitud, yo no quiero limosnas de nadie ni dar lástima a la novia de un tipejo volador con orejas de punta al que no le apetece crecer, estaría bueno. ¿Qué sería lo siguiente? ¿Partidas de mus con los siete enanitos para que tenga con quien jugar? Me cago en la leche, pensar en ella me está volviendo loco, tengo que tranquilizarme. En el fondo creo que estoy celoso, sí, del gilipollas. A fin de cuentas él puede ofrecerle la eterna juventud, una isla repleta de misterios y aventuras, follar en el aire, je, je, je... Desvarío.
Esta noche hace mucho frío, quizá no venga. Y no pienso quitar a Machín, es esa voz que sale por los altavoces lo que necesito para sentirme vivo y en paz, ese suave sonido de las maracas como un delicado rascar entre conchas de tortugas.
Eh, ya está ahí. La estoy viendo, sonriéndome, mordiéndose la jugosa punta de su lengua.
Oh, vaya, parece que esta noche no está dispuesta a permanecer acurrucada tras los muebles. Viene andando hacia mí como un gatito, y vaya gatito... ¡Qué cuerpazo!
Creo que hasta aquí he llegado por hoy. Me parece que no voy a necesitar la manta por un rato.
Reloj, ya sabes, no marques las horas.
Albacete, 1998. Publicado en A Cielo Abierto. Narradores de C-LM.
servido por cizalla
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