48. Semana de Cuentos (y V)
Aquí va otro cuento publicado en esa fantástica revista de ese gran poeta y amigo que es Julián Cañizares.
UNA LECCIÓN DE HISTORIA ANTIGUA
Apenas se filtraba un rayo de luz en la biblioteca, y precisamente éste iba a posarse sobre la mano derecha de Joe Aiello. Era esa mano grande, plana, con el dorso surcado de gruesas venas azules y la palma encallecida por el trabajo duro. Los dedos eran romos, irregulares, adornados por una pulcra manicura que delataba su actual posición de caporegime en la Familia Cironato. La mano se posaba, como un pájaro muerto, sobre un negro teléfono que a su vez aplastaba un librito de versos de cierto Ivan Muvi.
La puerta se abrió pesadamente y arrojó sobre la oscura estancia un chorro luminoso que se estrelló a escasos centímetros de Aiello. Las altas siluetas de Albert Cironato y Big Jack Miranti, su guardaespaldas, se recortaron bajo el umbral unos segundos, igual que las figuras de un campo de tiro, antes de pasar a la biblioteca.
—¿Qué pasa, Joe? —dijo el Don—. ¿Qué demonios puede preocuparte tanto como para tenerte aquí encerrado a oscuras?
Big Jack hizo ademán de ir a descorrer los pesados velos que cubrían los ventanales, pero Don Cironato, tras sentarse ante Aiello, le hizo una seña para que aguardase. Luego encendió una pequeña lámpara. De nuevo, la luz evitó contactar directamente con la anatomía del cansado Aiello; sin embargo, ahora los recién llegados podían apreciar los detalles más sórdidos de su rostro, las marcas de guerra que describían las torturas y penalidades que el ahora mejor de los hombres de Cironato había padecido antes de pasarse a su Familia.
—Pienso mejor en la oscuridad, ya lo sabe —dijo Aiello, mientras dirigía sus profundos ojos azules hacia su jefe.
—No hay mucho que pensar ya, esta guerra la tenemos ganada —el Don se arrellanó en el sofá. Sus pupilas se apartaron de las de Aiello, refulgentes en la penumbra, hacia el cuadro que presidía la sala y que representaba un cruento campo de batalla realizado por Haans Steinman en el siglo XVIII—. Menuda época aquella, ¿eh, Joe? Entonces eran los reyes y los papas quienes dirigían el Negocio… Y por hacerse con el control guerreaban entre ellos, como hacemos nosotros ahora.
—Sí. El mundo gira y gira, pero siempre sobre el mismo eje —comentó Aiello.
—Vamos, Joe, espabila. Te necesito entero —Cironato se inclinó sobre sus rodillas hacia el caporegime. Big Jack seguía de pie ante las cortinas, rumiando sus propios pensamientos bajo su granítica faz—. Tenemos que asestarles a los Magaddino el golpe final, y tienes que ser tú quien dirija la operación. Sabemos que esos putos calabreses se esconden en un almacén en la calle 55. Gracias a tus últimas acciones, apenas quedan una veintena de hombres para proteger a Toni Magaddino y a su cúpula. Es nuestra oportunidad; de nuestra Familia para hacerse con el control de la ciudad, y tuya, para vengarte de los que te hicieron eso…
Con “eso”, Cironato se refería a las cicatrices que habían desfigurado el rostro de Aiello para siempre, las heridas en los brazos y en el pecho que su antigua familia le habían proporcionado por atreverse a discutir las órdenes de Toni Magaddino. La tortura había sido lo suficientemente salvaje como para hacer que Aiello acudiese a la familia rival, los Cironato, a ofrecer sus servicios. Un día afortunado para unos, y a la vista de los resultados, aciago para los otros.
Joe Aiello dejó escapar un profundo suspiro.
—¿Sabes algo de los babilonios, Albert? —soltó de pronto, en un susurro.
—¿Babilonios? Sí, eran una civilización de la Antigüedad, ¿no?, como los egipcios… ¿Qué cojones tienen que ver los egipcios con lo que estamos hablando, Joe? El barco con el armamento y la munición que encargamos tiene que estar a punto de atracar, en cuanto las tengamos aquí…
Joe Aiello interrumpió a su jefe con un sonoro chasquido con la lengua.
—He telefoneado a Córdoba, Colombia —dijo, cabizbajo—, y he tenido una pequeña charla con ese Cañizares, el traficante de armas. Dice que el barco llegó a la ciudad hace una semana…
—¿Eh? —el Don se quedó petrificado, sin saber qué pensar ni qué hacer. Le lanzó una enigmática mirada a Big Jack, pero éste sólo supo encogerse de hombros.
—Hazme un favor, Jack, abre las cortinas —pidió Aiello, al tiempo que retiraba la mano del teléfono y la apoyaba sobre su pierna. Sus ojos se cerraron mientras el guardaespaldas descorría los densos lienzos que cercaban la negrura de la biblioteca. El sol de mediodía irrumpió con fuerza en la estancia, bañándolo todo con su diáfano contacto, igual que un gigantesco flash. La mortificada carne de Aiello se estremeció con el roce de la oleada de luz y calor. Hasta los sonidos parecieron amplificarse bajo aquel dorado fulgor. Los ladridos de Lulú, el perro de Eva Cinorato, señora del Don, en la planta baja; un odioso animal al que los muchachos llamaban Lulú de Transilvania por sus desmesurados colmillos, y —se comentaba— por aullar como loco cuando la primera dama de la Familia menstruaba. Al final del pasillo se oían los últimos compases de la ópera Turandot, obra reproducida una y otra vez por el equipo de música del otro caporegime de Cinorato, Girolamo Abbati, que por alguna extraña razón, parecía que nunca se sentía lo suficientemente italiano. De nuevo abajo, en la cocina, se escuchaba cantar a María, la oronda cocinera española, mientras preparaba especialmente para Aiello un cocido madrileño, siguiendo la receta de un tal Doc Thebussem, fuera lo que fuese eso.
—Zopyros —murmuró de repente Aiello, con una media sonrisa que era una auténtica mueca siniestra en su deforme cara. Mostró nuevamente a sus interlocutores sus celestes retinas, frías como el acero.
Entonces, los cristales de las ventanas estallaron hacia dentro en mil millones de fragmentos, cediendo fácilmente al empuje de la tormenta de plomo que vertían los Magaddino desde sus atalayas, a varios centenares de metros. El acribillado cuerpo de Big Jack dio unos deslucidos pasos de baile antes de caer muerto. Una explosión arrancó la verja de la puerta principal. Otra detonación sacudió la mansión desde la bodega a la última teja. Las armas colombianas, en manos del enemigo desde hacía días, vomitaban plomo hirviendo con fatídica puntería. En la residencia de la Familia Cinorato se había desatado un infierno, donde ningún alma quedaría sin castigo.
El cabeza de familia, el líder de la organización, el Big Boss, Albert Cinorato, yacía empapado en su propia sangre sobre una rica alfombra. La vida se le escurría entre jadeos y gorgoteos de plasma. Su pistola había caído sin ser disparada a un par de metros de sí. Joe Aiello, intacto como por ensalmo después de la primera andanada, se agachó y la recogió. Tras guardarse el arma en el bolsillo de la chaqueta, extendió su gran mano derecha hacia la frente del Don y le apartó el flequillo de los ojos para que pudiera verle bien.
—Zopyros —repitió Aiello, con sus labios fruncidos en esa cosa que pretendía ser una sonrisa—, era uno de los grandes príncipes persas del siglo V a.C., que bajo el mando del rey Jerjes I, guerreaban con Babilonia. Un día le vieron llegar a las murallas de la ciudad profusamente herido y perseguido por sus antiguos hombres. Zopyros convenció al Alto Consejo de que había desertado y los sabios, a la vista de sus lesiones, le creyeron. Enseguida Zopyros logró hacerse con el mando de un grupo de hombres, con los que infligió serios daños a sus anteriores aliados, a los que causó en muy poco tiempo bajas que se contaban por miles. Sus hazañas en el campo de batalla le sirvieron para que le confiaran cada vez más contingentes de soldados, hasta que por fin le nombraron comandante en jefe de todas las fuerzas de la inexpugnable ciudad. Entonces, —y en este punto del relato Aiello se acarició con deleite la cicatriz que surcaba su mentón—. Zopyros mandó un mensaje a Jerjes y le abrió las puertas de Babilonia.
Albert Cinorato abrió la boca, quizá para maldecir al traidor, pero una bocanada de sangre le impidió articular palabra. Murió con los oídos llenos de taponazos, mezcla de sus agónicos latidos y del repiqueteo de las armas automáticas.
Joe Aiello regresó al sillón y recuperó su posición original, e igual que hiciera minutos antes, descolgó, hizo girar el dial del teléfono varias veces y tras escuchar la voz de Luigi Aguilar, el férreo guardaespaldas de Don Toni Magaddino, informó del deceso del patriarca Cinorato. Mientras hablaba, la cadencia de las detonaciones iba decayendo, así como el subsiguiente sonido de un cuerpo muerto impactando contra el enlosado. Tras la toma de Babilonia, Jerjes I hizo crucificar a 3000 personas, Don Magaddino sería poco más condescendiente.
En su asiento, fuera de la línea de fuego de los francotiradores, Aiello no se planteaba si había merecido la pena desfigurarse de por vida para acabar con toda la Familia Cinorato, sino si podría asistir a la última sesión del Capitol Theatre para ver una película de marcianos contra dinosaurios.
Albacete, 2005. Publicado en Ayverlar (ahora no me acuerdo del número)
Artículos, textos y cosas en general de Juan García Rodenas