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Esto que viene a continuación iba a formar parte de un homenaje al Maestro Phillip José Farmer , escritor de ciencia ficción, biógrafo de Doc Savage y Tarzán, pastichero y padre de la Mitología Creativa Moderna . Cuelgo aquí el relato como curiosidad. A pesar de no estar terminado, creo que lo que hay es lo bastante sugerente para que cada uno imagine por donde iban a ir los tiros. Con ustedes:
(La verdadera historia de Vlarzán)
1. Rumbo a África
Impresionante.
Está fue la única palabra que Lord Greystoke pudo articular cuando tomó cons-ciencia de los últimos acontecimientos en los que se había visto envuelto, pero para em-pezar esta historia de una forma coherente habrá que remitirse varios meses atrás, cuan-do John Clayton y su esposa, Lady Alice todavía se rascaban sus nobles barrigas en la triste y siempre lánguida Inglaterra.
John Clayton, conde de Greystoke, era un perfecto caballero inglés: correcto, edu-cado, amigo del té con pastas y la cerveza tibia, con una corta pero brillante carrera mi-litar; hombre vigoroso y varonil tanto mental como físicamente, además de gran aficio-nado al bricolage. Su ambición política (así como una excesiva cantidad de malta fer-mentada tibia) le llevó a aceptar un cargo de oficial en la Delegación Colonial Británica, en la misteriosa y terrible África Negra. Cuando, ya recuperado de la resaca, recibió la confirmación del nombramiento, se sintió embargado de una profunda excitación y co-rrió a ver a su mujer.
Pero Lady Alice Thepes no se excitó en absoluto. Apenas hacía tres meses que se había casado y no le hacía ninguna gracia abandonar sus cómodas dependencias en el palacete de Greystoke (a las que había empezado a acostumbrarse), agarrar las maletas y viajar hasta el continente africano. Aún más, estaba embarazada, y la idea de dar a luz a un niño lejos de la Civilización Inglesa le horrorizaba. Por supuesto, acabó cediendo a los deseos de su marido, pues era una joven dama inglesa bien educada. Zarparon una lluviosa mañana de mayo de 1888.
Y así fue como el matrimonio Clayton se embarcó en una odisea fatal cuyo punto más álgido llegaría con el nacimiento de Vlarzán, el rey de los Vampiros.
Tres meses después viajaban a bordo de otro barco, el Osasuna, un pequeño ber-gantín de cien toneladas, bordeando la costa del Atlántico sur. Como en todos los mer-cantes de esas zonas, la tripulación estaba formaba por un variopinto grupo de sanguina-rios delincuentes, asesinos, violadores y demás escoria que habían encontrado en ese empleo un modo honorable de escapar de la justicia. Los marineros pasaban la mayor parte del tiempo sodomizándose y peleándose los unos con otros, con los rudos y ma-lencarados oficiales, y sobre todo, contra el capitán, un ogro moreno de nombre Txuma-ri Ciezgurain. Este solía aplacar sus iras e imponer disciplina entre sus hombres con una descomunal garrota de roble, a la que llamaba “La Quitapenas”, y el revólver. A bordo del Osasuna la palabra del capitán era palabra de Dios y el que se atrevía a discutir las órdenes se enfrentaba a La Quitapenas, al revólver, o a ambos, según fuese el ánimo del terrible Ciezgurain.
Con semejante ambiente a bordo no era de extrañar que la tensión pudiese casi olerse. Olor que no pasaba desapercibido para los Clayton que, faltos de protección, optaron por no salir demasiado del camarote. El resto de la carga del Osasuna la com-ponían una partida de barriles de vino rumano y un lujoso ataúd vacío (al parecer desti-nado a un importante comerciante alemán recientemente fallecido en el Congo).
Las circunstancias hicieron que al décimosegundo día de viaje, John Clayton, que había estado combatiendo el mareo del viaje con whisky, saliera a cubierta para vomitar justo cuando el capitán estaba a punto de golpear con La Quitapenas a un viejo marinero que estaba al lado de un grandullón de ébano que no cesaba de vociferar en su idioma materno. Lord Greystoke no conocía el motivo por el que Ciezgurain estaba a punto de descargar su ira contra el anciano, y maldita la falta que le hacía, pero no estaba dis-puesto a que un negro maricón ¿insultara? a un hombre blanco en su presencia. Así que, con paso vacilante y desenfundando su revólver, trató de acercarse para echarle una mano al capitán.
La Quitapenas silbó en el aire y sacudió la cabeza del viejo como una piñata. El cráneo del hombre se deformó ridículamente entre borbotones de sangre y sesos. Cayó a plomo al tiempo que Greystoke vomitaba.
El otro marinero, el negro grandullón, saltó sobre el capitán armado con una fre-gona, pero éste fue más rápido y esquivó la embestida. Cuando Ciezgurain ya se dispo-nía a golpear de nuevo, una bala de John Clayton le rozó en la mano y le hizo soltar la garrota. Los dos hombres se volvieron sorprendidos hacia el inglés, que yacía en el sue-lo sobre su propio vómito (había resbalado y al caer se le había disparado el arma).
El capitán le dedicó una larga blasfemia en euskera y se retiró a sus dependencias, con la diestra ensangrentada. El gigante ayudó a Greystoke a levantarse y le agradeció en voz baja su intervención.
—Escúcheme —le dijo al oído—, le debo una. Pero Diógenes el Negro no quiere deberle nada a nadie, y menos a un blanco hijo del Imperio, así que hágame caso: esta noche, oiga lo que oiga, ni usted ni su esposa salgan de su camarote. Ignoren todo soni-do y no tendrán nada que temer, les garantizo que ustedes dos vivirán para contarlo.
John Clayton, sin enterarse de nada, regresó a su camarote y se durmió sobre su mujer. Aquella noche estalló el motín. Todos los oficiales fueron pasados a cuchillo y el capitán fue despellejado vivo en cubierta en medio de una orgía de sangre. Durante el transcurso de las terribles horas, los infrahumanos gritos de agonía de Ciezgurain y sus hombres resonaron en los oídos del matrimonio Clayton, que se vieron obligados a recu-rrir al alcohol para acallarlos.
A la mañana siguiente, unos golpes en la puerta del camarote les despertaron. Dió-genes el Negro entró sin esperar a que se le invitase y se plantó frente a ambos. En su cabeza llevaba el sombrero de capitán salpicado de sangre, y en su mano, un enorme machete.
—Lord Greystoke —dijo el negro—. Prepárese para ser desembarcado.
—Pero, pero, pero… —fue lo único capaz de articular John Clayton.
—Eso es inadmisible —exclamó su mujer por él.
—Es la única manera de conservarles la vida. Comprenderán que después de lo sucedido no podremos atracar en ningún puerto sin poner en peligro nuestras vidas y las suyas. Hemos avistado tierra firme y parece un sitio habitable. Les dejaremos ahí con algunos víveres y armas… No creo que pasen más de dos o tres meses hasta que aparez-ca un barco y les lleve de vuelta a la civilización. Dentro de una hora mandaré a alguien a por su equipaje.
—Creo que nos está condenando a algo peor que la muerte —replicó fríamente John Clayton.
—Escuche, mis compañeros querían rebanarles el pescuezo después de violarles repetidas veces. No sólo les he conservado la vida sino también el honor, y no digamos el culo. Estamos en paz.
Y dicho esto, Diógenes se retiró dando un portazo. Lord Greystoke tragó saliva y se enfundó sus revólveres. A su espalda, la mujer regurgitaba whisky y té con leche sobre el catre.
De esta manera, John Clayton y su esposa fueron conducidos hasta una playa ex-traña y abandonados a su suerte. Además del equipaje, les habían dado provisiones para una semana, agua potable, varias herramientas, cuerdas y toda la carga de barriles de vino (Diógenes quería evitar el riesgo de que sus hombres se emborracharan en alta mar y se desatase otro motín). Una vez el Osasuna se perdió de vista, Clayton comenzó a blasfemar en voz alta y a maldecir a todos los marineros negros del mundo. Que poco sospechaba de la suerte que había tenido al quedarse en tierra, ya que el bergantín nau-fragó durante una terrible tormenta días después, siendo el único sobreviviente Dióge-nes el Negro, que corrió otras simpares desventuras que serán contadas a su debido tiempo.
2. Una cueva en la selva
—Impresionante —dijo Lord Greystoke.
—¿Qué vamos a hacer ahora? Seremos pasto de las fieras salvajes, de los negros caníbales, de…
—Tranquila, esposa mía. Recupera, como he hecho yo, la compostura inglesa y enfréntate a esta situación con tranquilidad. Ya has oido a Diógenes, sólo tenemos que esperar un par de meses, quizá menos, para que seamos rescatados. Entre tanto, pode-mos construir nuestro hogar aquí.
—¿Aquí? Estás loco… y yo, en mi estado… No podré soportarlo —unas lágrimas afloraron en sus ojos. John Clayton se irguió en toda su estatura, elevó el dedo índice al cielo y exclamó:
—Ah, mujer ignorante y de poca fe. ¿Acaso nuestros antepasados no consiguieron sobrevivir en peores condiciones con muchos menos conocimientos y herramientas? ¿No somos nosotros seres civilizados, más inteligentes? ¡Por Dios, que somos ingleses! ¡Sobreviviremos!
Aquellas envalentonadas palabras tranquilizaron por el momento a Lady Alice. Su esposo no tardó en ponerse manos a la obra. En una rápida exploración de los alrededo-res encontró una cueva a un centenar de metros de la costa, no muy lejos de un pequeño arrollo de agua dulce. Gracias a los conocimientos que poseía de carpintería, albañilería y cerrajería, en seguida comenzó a adecuarla a sus necesidades, utilizando la madera de unos barriles de vino para construir algunos muebles, una puerta con una ingeniosa ce-rradura, y aprovechó un agujero en el techo de la caverna para hacer una chimenea. An-tes de que se ocultase el sol, su nueva casa estaba terminada y confortablemente decora-da. Era pequeña, pero acogedora y muy segura.
Al caer la noche, mientras se arrebujaban bajo una manta arpillera, un bárbaro gri-to hizo enmudecer la selva por completo durante unos instantes; inmediatamente des-pués le siguieron otros chillidos de igual o peor sonoridad, como si a una jauría de de-monios les hubiesen pisado el rabo. John Clayton, armado con su rifle, salió al exterior a investigar.
Lady Alice no tardó en escuchar un terrible batir de alas y varios disparos de su esposo, que acompañaba cada detonación con una blasfemia indigna de un caballero inglés. Permaneció agarrotada por el miedo hasta que Lord Greystoke entró en la cueva y cerró la puerta tras de sí.
—¿Qué, qué era eso, amor mío? —preguntó la mujer con voz temblorosa.
—Parecían murciélagos, enormes murciélagos, los más grandes que he visto ja-más… Pero no hay de que preocuparse, no son más que ratas con alas y no volverán.
—Espero que tengas razón —murmuró Alice, que tenía verdadera fobia a las ra-tas, y más aún si estas tenían alas.
3. El nacimiento de la Bestia
John Clayton ignoraba muchas cosas acerca de la vida en la selva, entre ellas las ancestrales tradiciones de los seres que habitaban allí, seres como los vampiros. Estas criaturas, cuya naturaleza debía hallarse entre los dermópteros y los quirópteros, con-formaban una más que extraña y fabulosa especie: mamíferos voladores que podían alcanzar tamaños de hasta un metro de altura, algunos incluso podían erguirse sobre sus dos patas traseras y usar sus alas como verdaderos brazos.
Eran carnívoros y salían a cazar en manada, surcando el aire en busca de roedores y otros animales pequeños, aunque también atacaban a los más grandes si el hambre les apremiaba. No eran ciegos como sus primos los murciélagos, pero sus ojos eran muy sensibles a la luz solar, por ello se ocultaban en el interior de una gruta hasta que caía la noche. Muy inteligentes y sádicos; gustaban, al acabar las batidas, de derramar y beber la sangre de sus víctimas en una febril ceremonia que ellos conocían como el Ritual de Mchaf-Arg. Y este sacrificio lo realizaban cada noche de luna llena en la Cueva Sagra-da, cueva que ahora ocupaban los Greystoke.
Los vampiros, por llamarlos de alguna manera, no estaban dispuestos a renunciar a la gruta tan fácilmente. Conocían a John Clayton y su palo de fuego, muchos de ellos habían sido abatidos en anteriores incursiones, así que estudiaron sus movimientos noc-turnos; pero como desconocían lo que escondía en el interior, optaron por mandar un explorador. La noche elegida esperaron silenciosamente a que la puerta se abriera y sa-liera Clayton, acompañado por su rifle, para echar el rutinario vistazo y subsiguiente vaciado de vejiga, momento que el vampiro expedicionario aprovechó para entrar por el hueco de la chimenea.
Como siempre que su marido salía a hacer la ronda nocturna, Lady Alice se tapó con la manta hasta el cuello y se abrazó su ya abultado vientre. De repente, una nube de ceniza emergió de la chimenea envolviendo a una criatura alada que le pareció la más abominable creación del infierno: era como un perrillo negro con ígneos ojos, revolo-teaba por la caverna desorientado, chillando frenéticamente mientras chocaba con los enseres y dejaba tras de sí una estela de polvo gris.
Lady Alice gritó con todas sus fuerzas, presa de la histeria, provocando así que el vampiro cayera sobre ella y la agarrase y tirase de su cabellera. Gritó aún más fuerte hasta que sus cuerdas vocales sangraron. En ese preciso instante, John Clayton apareció por la puerta, y sin vacilar un segundo, apretó el gatillo. El animal saltó hecho pedazos sobre su esposa, que finalmente perdió el conocimiento y se desplomó, cubierta de san-gre y jirones negros de carne.
El resto de vampiros, alertados por el disparo, volaron a la entrada dispuestos a atacar; consiguiendo con ello iniciar una burda matanza, de la que indudablemente salió mejor parado el humano.
Después de aquella noche, nada volvería a ser como antes.
Llevaban viviendo en la selva seis meses. El matrimonio Clayton se había acomo-dado totalmente en la cueva, que habían acicalado con todo lujo de rústicos ornamentos, ya fueran trofeos de caza de John Clayton, o adornos trenzados con cañas y ramas que Lady Alice realizaba para mantener la mente ocupada. Los vampiros no habían vuelto a aparecer y sólo sus agudos gritos les recordaban su existencia. Durante todo aquel tiem-po, Clayton se había convertido en un hombre taciturno y paranoico, no dejaba sus ar-mas en ningún momento del día e incluso había aprendido a tirar con arco para el mo-mento en que las municiones escasearan, que estaba cada vez más próximo. El eterno calor africano en el exterior y el de la chimenea en la cueva, que desde el incidente del vampiro permanecía constantemente encendida, parecía haber consumido su entusiasmo y vitalidad. En sus ratos libres escribía un diario en francés, idioma que le desagradaba enormemente pero al que recurría porque era la única manera de mantener sus pensa-mientos más íntimos a salvo de su desquiciada esposa.
Sí, desde el incidente, Lady Alice estaba desquiciada. Hablaba sola, avivaba con-tinuamente el fuego de la chimenea, aprovechaba cualquier nimiedad para discutir fe-rozmente con su esposo y había intentado abortar dos veces cortándose el vientre con un cuchillo. Había guardado todos los cuadernillos infantiles y libros de texto que había traído para su futuro hijo dentro del ataúd y tenía la firme intención de enterrarlo en cuanto las fuerzas se lo permitiesen. Por si esto fuera poco, se había aficionado al vino rumano de los barriles que desembarcaran con ellos y bebía a escondidas en grandes cantidades. Se había convertido en una alcohólica.
Con semejante panorama no era de extrañar que John Clayton desease más de una vez matarla y así lo había manifestado en su diario. Ignorante del insano vicio de su mujer, su único consuelo estaba en rezar para que su primogénito le devolviese algo la razón y trajese con su venida la alegría a sus solitarias vidas.
Y llegó el día del parto. Durante su servicio en la Legión, Lord Greystoke había atendido varios alumbramientos de yeguas y cabras, por lo que aquella circunstancia, salvando las distancias, no le era ajena. Lady Alice dio a luz con mucha dificultad y entre terribles dolores; pero lo más aterrador vino después, cuando John contempló a su hijo.
Era un monstruo.
A juzgar por la excesiva palidez de la piel, la blancura del pelo y los indescripti-bles ojos descoloridos, se podía decir que el niño era albino, pero eso era una nimiedad al compararlo con sus orejas carentes de lóbulos, los desproporcionados brazos y la an-cha membrana que unía manos y pies como una capa de cartílago. El padre, sosteniendo temblorosamente al recién nacido entre los brazos, no se atrevió a enseñárselo a la ma-dre, que reclamaba insistentemente su presencia. Al final cedió, y se produjo el desastre.
Cuando Lady Alice vio a su retoño, más parecido a un murciélago vampiro que a un bebé humano, perdió del todo la cordura y comenzó a patalear, arañarse y gritar. Fue dantesco; su boca se llenó de espumarajos, se levantó totalmente ensangrentada y, arras-trando todavía el cordón umbilical y los restos de placenta, comenzó a golpearse contra las paredes, totalmente enajenada. El espectáculo era demasiado espeluznante hasta para Lord Greystoke, que dejó al niño en su cuna y tomó la escopeta. Disparó a bocajarro y el ataque histérico de Lady Alice se detuvo para siempre.
John Clayton no era consciente del parricidio que acababa de cometer; el aroma fresca de la sangre y el sempiterno calor habían embotado su razón para siempre. Abrió fuego contra la nada una y otra vez hasta agotar la munición, entonces desenfundó su revólver y, mirando al techo con los ojos cubiertos por un velo rojo, como tratando de recordar una oración que no llegó, apoyó el cañón en la barbilla y se voló los sesos.
El bebé, lamiendo la sangre que manchaba su cuerpo, gorjeaba y sonreía maléfi-camente. Enseguida comenzó a llorar, y el suyo era un llanto muy especial.
4. Los Vampiros
Ihaaj, una hembra vampiro, pendía boca abajo de un saliente de la caverna soste-niendo con los dientes a su recién nacido.
Esa noche habría luna llena y la caza iba a ser más sangrienta que el resto del mes. Gjuuuh, el patriarca, había decidido atacar de nuevo a los simios sin pelo de la Cueva Sagrada. El clan, formado por una centena de individuos no era ni una sombra de lo que en tiempos remotos había sido. En el pasado, su número se había contado por millares, pero la peste roja y el simio blanco se habían encargado de reducir la población hasta la extenuación. Durante los últimos meses, los simios sin pelo (negros y blancos), y la extraña enfermedad que les iba comiendo por dentro poco a poco y les hacía morir en una larga agonía, los habían diezmado considerablemente.
El hijo pequeño de Ihaaj padecía esta enfermedad, y para evitar el riesgo de con-tagio, según dictaminaba la ley, la madre debía matarlo inmediatamente. Pero ella se resistía, le había costado mucho parirlo y ahora no quería deshacerse de él. El retoño, para mayor desgracia, había nacido deforme. Carecía de alas y ojos; más parecía un mono que un vampiro, lo que animaba a los otros a tratar de asesinarlo en cuanto Ihaaj se descuidaba.
Gjuuuh, harto de ver a su hembra arrastrando consigo a todas horas a la cría, deci-dió tomar cartas en el asunto. Enfurecido, le arrebató el pequeño y, volando hasta el techo de la caverna, lo dejó caer. Un seco crujido de huesos fue el único sonido que emitió el pequeño. El patriarca aterrizó junto a la madre, que sollozaba junto al cadáver, y le propinó un leve mordisco en el hombro.
—Ahora, simia cortesana, dejaos de lamentos y preparaos para la pronta ofensiva.
Esa noche, el clan al completo voló en silencio hasta la entrada a la Cueva Sagra-da. Un intenso olor a sangre provenía del interior, lo que les excitó sobremanera, y por el agujero de la chimenea no salía más que una finísima columna de humo. Algo debía de haber ocurrido. Esperaron a John Clayton agazapados en las sombras, pero el huma-no no apareció. Gjuuuh decidió enviar a alguien al agujero humeante para investigar, y dado que Ihaaj seguía suspirando por su cría, ella fue la elegida.
La vampiro obedeció. No temía morir, no le importaba ya nada, así que, sin más dilación se arrojó al interior. Ella esperaba aterrizar entre las llamas y fogonazos del palo de fuego, pero en lugar de eso chocó contra un madero semicarbonizado que humeaba pacíficamente. Se sacudió el polvo y se adentró en la cueva. El dulzor de la muerte flotaba allí como nunca antes lo había hecho, pareciese que el simio sin pelo había celebrado su propio Ritual de Mchaf-Arg, y no andaba muy mal descaminada.
Contempló atónita los charcos de sangre todavía caliente sobre el rocoso suelo, los desparramados sesos de John Clayton pegados en el techo y el destrozado cuerpo de Lady Alice. Masticó algunos de aquellos restos lentamente, notando que le agradaba mucho el sabor (apenas unos pocos de los suyos habían tenido ocasión de probar la san-gre de los monos sin pelo). Sin duda la extraña pareja estaba muerta. Entonces oyó una vocecilla extraña, unos sonidos guturales provenientes de un armazón de madera. Se colocó de un salto sobre el cabezal de la cuna y pudo contemplar entonces al hijo de-forme de Lord Gresytoke. Lo que al noble inglés le había parecido la criatura más horrosa del mundo, a la hembra le resultó el retoño más precioso que había visto jamás. Lo cogió entre sus patas y lo abrazó. Un verdadero abrazo de madre.
5. Carta de Jonathan Harker a Mina Jane Murray
Querida Mina Jane:
Hoy hemos tomado tierra en el puerto de Niabambassa —creo que se escribe así—, y en cuanto nos hemos instalado en el hotel me he puesto a escribirte. Ante todo, pedirte perdón de nuevo por haber retrasado una vez más nuestra boda hasta después de este safari, pero mis motivos, que ya te he explicado anteriormente, justifican esta des-agradable acción. Si todo sale bien, en un mes nos casaremos en la ermita de San An-selmo de Canterbury.
Sir Quatermass te manda saludos y también te pide excusas por traerme a África. Está muy excitado con los preparativos, pues mañana nos internaremos en plena jungla. Debo de reconocer que yo también tiemblo, aunque por miedo. Hay rumores de que los caníbales han abandonado las montañas y puede que nos encontremos con ellos durante el viaje. Cuando le he confesado mis temores a Quatermass se ha echado a reír como loco y se ha limitado a alzar su rifle. Confio en su destreza con este arma, pero por si acaso yo llevaré el mío siempre dispuesto.
Aquí no hay más que mosquitos y otros bichos de lo más repugnante, hace un ca-lor horroroso y todos los nativos tratan de timarte. Añoro Inglaterra y te añoro a ti.
Tengo que acabar ya, pues tengo poco papel y quiero racionarlo para escribirte al menos una vez por semana.
Te quiere, tu Jonathan.
P.D. Te juré fidelidad ante la tumba de mis padres así que, como ya te dije, no tie-nes de qué preocuparte. Las mujeres de la zona son altamente desagradables y para nada van desnudas.
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quiero saber que va ser de mi vida mas adelante quiero saber si m quedare para siempre com la persona que estoy ahora y quiero saber cuando m voy a morir y por que
quiero saber que va ser de mi vida mas adelante quiero saber cuanto tiempo voy a durar com mi pareja que estoy ahora y quiero saber hasta cuando voy a viivr y si voy a tener hijos y cuantos y cuando por favor ayudame estas preguntas
Hum... Shirley, tenemos (sobre todo tú) problemas de comunicación (y de comas).
Mi no entender.